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7.- Siglo XVII

Dentro de este siglo hay que destacar una figura completamente desconocida tanto para los torriqueños como para la comarca de la Campana de Oropesa.

La inexistencia de documentación en el archivo parroquial, quemado en la guerra civil, y la del archivo municipal, quemado en la Guerra de la Independencia, hace que en muchas ocasiones desconozcamos los personajes ilustres que vio nacer esta vieja villa.

A este gran problema hay que sumar que la mayoría de hombres y mujeres que salieron de esta tierra se identificaban por el nombre del territorio al que pertenecían, en este caso el Condado de Oropesa. Esto hizo que la villa de Oropesa se convirtiera en el referente de personajes salidos de Lagartera, Calzada, Herreruela, El Torrico, etc., y por esta razón es muy difícil, en algunas ocasiones, demostrar el origen de los mismos.

Este puede ser el caso del beato Alonso de Orozco, del que se discute su lugar de origen entre Oropesa y El Torrico; ante esto tengo que decir que hay mucho material para escribir un artículo dedicado a este tema, pero haré un adelanto diciendo que, a mi opinión, el beato nació en El Torrico, que es posible que se bautizará en Oropesa, pero que paso su infancia en el castillo de El Torrico, de donde su padre era alcaide. Eso si, si alguien me pregunta de donde es el beato Alonso de Orozco, siempre diré que de Oropesa.

Para empezar hagamos un poco de historia y situemos a Juan Fernández de Cepeda en su contexto histórico.

El rey Felipe IV perteneció a la Casa de Austria y reinó en España durante la primera mitad del siglo XVII (1605-1665). Amante de la caza, como la mayoría de los reyes de dicha dinastía, disponía de extensos territorios de caza en la Casa de Campo madrileña y los bosques de El Pardo, en donde organizaba numerosas cacerías junto a lo más granado de la nobleza y los miembros de la casa real, acompañados de sus servidores.

Estos servidores eran los ballesteros, personas especializadas en la actividad cinegética y encargadas de cuidar las escopetas regias, así como acompañar y aconsejar al rey en sus jornadas de caza.

Felipe IV tuvo a su servicio a dos conocidos ballesteros: Juan Mateos y Alonso Martínez de Espinar. Otro de sus ballesteros, no tan conocido, fue el toledano Juan Fernández de Cepeda; nacido en la localidad de El Torrico, donde residió junto a sus padres, Gabriel Fernández y Polonia Sanz, hasta que inició su carrera cortesana. En 1630 ya se encontraba en Madrid con el cargo de “ayuda del que da el arcabuz a Su Majestad”.

El 10 de octubre de 1640 el conde duque de Olivares, valido y caballerizo mayor del monarca, recibió un memorial de Juan Fernández de Cepeda en el que solicitaba la concesión de diversos gajes en relación a los méritos obtenidos al servicio real. Este memorial fue remitido al conde de Grajal, y dice así: “el 10 de octubre de 1640. Señor Vª. Excª. se sirvio de remitirme un memorial que dio Juan de Cepeda, aiuda de dar el arcabuz a Su Majestad, por el cual refiere que ha diez años que sirve esta plaza y que Su Majestad fue servido de hacerle merced de una plaza de ballestero con calidad que ejerza la que tiene, cesandole todo lo que goza por ella, suplica a Su Majestad sea servido de hacerle mercedque goza tambien de comida y vestuario que tiene por aiuda de dar el arcabuz con todo lo demas que gozan los ballesteros, como lo goza Juan Matheos por dar el arcabuz, Alonso Martinez por dar el arcabuz, Diego Ponce por aberle dado al señor ynfante Don Carlos y Frances de Sala a la reyna nuestra señora, que en ello la recibira muy grande. Por el ynforme que el veedor de la cavalleriza hace, consta los diez años que ha que sirbe la plaza de aiuda de dar el arcabuz y no consta en los libros de su cargo de la merced que el suplicante dice se le ha hecho de la plaza de ballestero, con la de ayuda goza noventa maravedis al dia pagados por el maestro de la camara y casa de aposento. La plaza de ballestero tiene 3116 maravedies de gajes al mes, pagados tambien por el maestro de la camara, racion de caballo, un bestido quando se da a todos y casa de aposento, por lo qual me parece que Vª. Excª podria servirse de hacerle merced de la racion de comida y vestido, pues lo tienen los que refiere. En todo mandara Vª. Señoria lo que mas fuese servido. El conde Grajal

Los buenos oficios del conde de Grajal dieron los resultados que Juan Fernández de Cepeda pretendía y de esta forma el 21 de diciembre de 1641 el conde duque de Olivares le comunicaba: “que Su Majestad le ha hecho merced de la plaza de ballestero que vaco por frances de la sala, con retencion y obligacion de servir la de aiuda de dar el arcabuz”.

El día 15 de febrero de 1642, Juan Fernández de Cepeda juraba su cargo de ballestero de Felipe IV ante el conde duque de Olivares.

En 1644 muere la reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, por lo que el monarca decide volver a contraer matrimonio, pues el hijo y heredero que había concebido junto a su primera esposa, Baltasar Carlos, fallece a una edad temprana, dejando el trono huérfano. Curiosamente su segunda esposa será su sobrina Mariana de Austria, hija de su hermana María y el emperador Fernando III. Esta joven de 14 años, que fue la prometida del príncipe Baltasar Carlos, se casará con Felipe IV, de 44 años, y tendrán siete hijos, de los cuales el príncipe Carlos se convertirá en el heredero y reinará como Carlos II.

Ante estos acontecimientos, el rey nombró a Juan Fernández de Cepeda para el cargo de dar el arcabuz a la reina: “El señor don Luys de Haro en papel de 20 del corriente dize su Excª. que Su Majestad (Dios le guarde) ha hecho merced a Juan de Cepeda, su vallestero, de que de el arcabuz a la reyna nuestra señora, en cuya conformidad lo anotara vuestra merced en los libros de la veeduría para que aya en ellos la noticia que conviene. Guarde Dios a vuestra merced muchos años. Madrid 26 de mayo de 1652.

El día 1 de junio de 1670 Juan Fernández de Cepeda otorgaba en Madrid su testamento ante el escribano real Francisco García de Roa. En dicho testamento se reflejaba que era ballestero del rey y que daba el arcabuz a la reina, así como que era hijo legitimo de Gabriel Fernández y Polonia Sanz “vecinos que fueron de la villa de El Torrico, y que santa gloria ayan”. Afirma que se encuentra enfermo y expresa su deseo de ser sepultado con hábito franciscano, como buen cristiano, en el convento de San Bernardo de Madrid.

Ordena: “que desta mi casa y de lo restante de mis vienes se saquen cuatro mil ducados de principal y se impongan y coloquen a renta a razon de veinte el millar, que reditaran ducientos ducados, con los quales y su renta quiero se funde y dote una capellania en la iglesia parroquial de San Gil de la villa del Torrico, la cual ayan de gozar las personas que yo dejare nombradas…”

Por esta orden establecida en su testamento, el capellán de esa fundación religiosa (capellanía) tenía la obligación de decir 3 misas cada semana por el alma del fundador de la misma y por la de su esposa y familiares difuntos, y otras 9 más en las nueve fiestas de Nuestra Señora, y otra el día de San Juan Bautista, Santa Catalina y el día de San Gil “patron de dicha parrochia”. Deja establecido que el capellán de su fundación está obligado a vivir en la villa de El Torrico, y que tan sólo puede ausentarse dos meses al año siempre que en esa ausencia deje un sustituto que dijese las preceptivas misas. Junto a esto, deja establecido que no puede ser capellán de su fundación ni su sustituto que diga por él las misas, el que fuera cura propio o teniente de cura de la villa de El Torrico; y que la capellanía era incompatible con el curato. Para los meses de agosto y la sementera dispone que las misas se digan a primera hora, a la salida del sol, para que los trabajadores puedan oírlas sin faltar al trabajo.

Encargó a sus testamentarios que pagasen a la fabrica de la parroquia de San Gil, cincuenta reales cada año por el gasto de ornamentos, cera y vino, y al sacristán tres ducados cada año por el cuidado de “dar recado y tocar a misa”, y a cada uno de los patronos que nombrase, cuatro ducados cada año por el trabajo de nombrar.

Dentro de su testamento también se conserva un inventario de los bienes que poseía, entre ellos plata labrada, pinturas, alhajas de la casa y trastos de cocina. Pero esta información servirá para otro artículo donde podremos analizar el modo de vida de este torriqueño inmerso en la corte de Felipe IV.

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